Las Sagradas Escrituras
Enseñamos que la Biblia es la revelación escrita de Dios al hombre y que, por lo tanto, los sesenta y seis libros de la Biblia que nos han sido dados por el Espíritu Santo constituyen la Palabra de Dios plenaria (inspirada de igual manera en todas sus partes) (1 Co 2:7–14; 2 P 1:20–21). Enseñamos que la Palabra de Dios es una revelación objetiva y proposicional (1 Ts 2:13; 1 Co 2:13), inspirada verbalmente en cada palabra (2 Tm 3:16), absolutamente inerrante en los documentos originales, infalible y exhalada por Dios. Enseñamos la interpretación literal, gramatical e histórica de las Escrituras, la cual afirma la creencia de que los primeros capítulos de Génesis presentan la creación en seis días literales (Gn 1:31; Éx 31:17), describen la creación especial del hombre y la mujer (Gn 1:26–28; 2:5–25), y definen el matrimonio como algo entre un hombre y una mujer (Gn 2:24; Mt 19:5). Enseñamos que la Biblia constituye el único estándar infalible de fe y práctica (Mt 5:18; 24:35; Jn 10:35; 16:12–13; 17:17; 1 Co 2:13; 2 Tm 3:15–17; Heb 4:12; 2 P 1:20–21).
Dios
Enseñamos que no hay más que un Dios vivo y verdadero (Dt 6:4; Is 45:5–7; 1 Co 8:4), quien es un Espíritu infinito que todo lo sabe (Jn 4:24), perfecto en todos Sus atributos, uno en esencia, que existe eternamente en tres personas —Padre, Hijo y Espíritu Santo (Mt 28:19; 2 Co 13:14)—, cada una de las cuales merece adoración y obediencia por igual.
Dios Padre
Enseñamos que Dios el Padre, la primera persona de la Trinidad, ordena y dispone todas las cosas de acuerdo con Su propósito y gracia (Sal 145:8–9; 1 Co 8:6). Él es el Creador de todas las cosas (Gn 1:1–31; Ef 3:9). Como el único gobernante absoluto y omnipotente del universo, Él es soberano en la creación, la providencia y la redención (Sal 103:19; Ro 11:36). Su paternidad involucra tanto Su designación dentro de la Trinidad como Su relación con la humanidad. Como el Creador, Él es Padre de todos los hombres (Ef 4:6), pero es el Padre espiritual únicamente de los creyentes (Ro 8:14; 2 Co 6:18).
Enseñamos que nuestro Señor Jesucristo logró nuestra redención por medio del derramamiento de Su sangre y de Su muerte sacrificial en la cruz, y que Su muerte fue voluntaria, vicaria, sustitutiva, propiciatoria y redentora (Jn 10:15; Ro 3:24–25; 5:8; 1 P 2:24). Enseñamos que nuestra justificación es asegurada por Su resurrección literal y física de los muertos, y por el hecho de que ahora Él, después de haber ascendido, se encuentra a la diestra del Padre, en donde ahora Él es nuestro mediador como abogado y sumo sacerdote (Mt 28:6; Lc 24:38–39; Hch 2:30–31; Ro 4:25; 8:34; Heb 7:25; 9:24; 1 Jn 2:1).
Dios Espíritu Santo
Enseñamos que el Espíritu Santo es una persona divina, eterna, no derivada, que posee todos los atributos de personalidad y deidad, entre los que se incluyen el intelecto (1 Co 2:10–13), las emociones (Ef 4:30), la voluntad (1 Co 12:11), la eternidad (Heb 9:14), la omnipresencia (Sal 139:7–10), la omnisciencia (Is 40:13–14), la omnipotencia (Ro 15:13) y la veracidad (Jn 16:13). Él es igual al Padre y al Hijo en todos los atributos divinos y en sustancia (Mt 28:19; Hch 5:3–4; 28:25–26; 1 Co 12:4–6; 2 Co 13:14; y Jer 31:31–34 junto con Heb 10:15–17).
Enseñamos que la obra del Espíritu Santo en esta época comenzó en Pentecostés, cuando Él descendió del Padre como lo prometió Cristo (Jn 14:16–17; 15:26) para iniciar y completar la edificación del cuerpo de Cristo, el cual es Su iglesia (1 Co 12:13). El amplio alcance de Su actividad divina incluye convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio; glorificar al Señor Jesucristo y transformar a los creyentes a la imagen de Cristo (Jn 16:7–9; Hch 1:5; 2:4; Ro 8:29; 2 Co 3:18; Ef 2:22). Enseñamos que el Espíritu Santo es el agente sobrenatural y soberano en la regeneración, bautizando a todos los creyentes dentro del cuerpo de Cristo (1 Co 12:13). El Espíritu Santo también mora en ellos, los santifica, los instruye y los capacita para el servicio, y los sella hasta el día de la redención (Ro 8:9; 2 Co 3:6; Ef 1:13).
Enseñamos que el Espíritu Santo administra dones espirituales a la iglesia. El Espíritu Santo no se glorifica ni a Sí mismo ni a Sus dones por medio de demostraciones ostentosas, sino que glorifica a Cristo mediante la implementación de Su obra de redención de los perdidos y edificación de los creyentes en la santísima fe (Jn 16:13–14; Hch 1:8; 1 Co 12:4–11; 2 Co 3:18).
Hombre
Enseñamos que el hombre fue directa e inmediatamente creado por Dios a Su imagen y semejanza. El hombre fue creado libre de pecado con una naturaleza racional, con inteligencia, voluntad, determinación personal y responsabilidad moral para con Dios (Gn 2:7, 15–25; Stg 3:9). Enseñamos que la intención de Dios en la creación del hombre fue que el hombre glorificara a Dios, disfrutara de la comunión con Dios, viviera su vida en la voluntad de Dios y, de esta manera, cumpliera el propósito de Dios para el hombre en el mundo (Is 43:7; Col 1:16; Ap 4:11).
Enseñamos que en el pecado de desobediencia de Adán a la voluntad revelada de Dios y a la Palabra de Dios, el hombre perdió su inocencia, incurrió en la pena de muerte espiritual y física, se convirtió en objeto de la ira de Dios, y se volvió inherentemente corrupto y totalmente incapaz de escoger o hacer aquello que es aceptable ante Dios fuera de la gracia divina. Sin poder alguno para tener la capacidad en sí mismo de restauración, el hombre está perdido sin esperanza alguna. Por lo tanto, la salvación es en su totalidad la obra de la gracia de Dios por medio de la obra redentora de nuestro Señor Jesucristo (Gn 2:16–17; 3:1–19; Jn 3:36; Ro 3:23; 6:23; 1 Co 2:14; Ef 2:1–3; 1 Tm 2:13–14; 1 Jn 1:8). Enseñamos que debido a que todos los hombres estaban en Adán, se les ha transmitido una naturaleza corrompida por el pecado de Adán, siendo Jesucristo la única excepción. Por lo tanto, todos los hombres son pecadores por naturaleza, por decisión personal y por declaración divina (Sal 14:1–3; Jer 17:9; Ro 3:9–18, 23; 5:10–12).
Salvación
Enseñamos que la salvación es totalmente de Dios, por gracia, sobre la base de la redención de Jesucristo, el mérito de Su sangre derramada, y no sobre la base del mérito ni de las obras del ser humano (Jn 1:12; Ef 1:7; 2:8–10; 1 P 1:18–19).
La regeneración
Enseñamos que la regeneración es una obra sobrenatural del Espíritu Santo mediante la cual son dadas la naturaleza divina y la vida divina (Jn 3:3–7; Tit 3:5). Es instantánea y es llevada a cabo únicamente por el poder del Espíritu Santo a través de la Palabra de Dios (Jn 5:24), cuando el pecador arrepentido, al ser capacitado por el Espíritu Santo, responde en fe a la provisión divina de la salvación. La regeneración genuina se manifiesta en frutos dignos de arrepentimiento que se demuestran en actitudes y conductas justas. Las buenas obras serán su evidencia apropiada y fruto (1 Co 6:19–20; Ef 2:10), y serán experimentadas hasta el punto en el que el creyente se someta al control del Espíritu Santo en su vida a través de la obediencia fiel a la Palabra de Dios (Ef 5:17–21; Flp 2:12b; Col 3:16; 2 P 1:4–10).
Esta obediencia hace que el creyente sea conformado más y más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo (2 Co 3:18). Tal conformidad llega a su punto culminante en la glorificación del creyente en la venida de Cristo (Ro 8:17; 2 P 1:4; 1 Jn 3:2–3).
Elección
Enseñamos que la elección es el acto de Dios mediante el cual, antes de la fundación del mundo, Él escogió en Cristo a aquellos a quienes Él, en Su gracia, regenera, salva y santifica (Ro 8:28–30; Ef 1:4–11; 2 Ts 2:13; 2 Tm 2:10; 1 P 1:1–2). Enseñamos que la elección soberana no contradice ni niega la responsabilidad que tiene el hombre de arrepentirse y confiar en Cristo como Salvador y Señor (Ez 18:23, 32; 33:11; Jn 3:18–19, 36; 5:40; Ro 9:22–23; 2 Ts 2:10–12; Ap 22:17). Enseñamos que el favor inmerecido que Dios otorga a pecadores totalmente depravados no está relacionado con ninguna iniciativa de parte de ellos, ni a que Dios sepa con anticipación lo que podrían hacer por voluntad propia, sino que se debe exclusivamente a Su gracia soberana y misericordia (Ef 1:4–7; Tit 3:4–7; 1 P 1:2).
La justificación
Enseñamos que la justificación delante de Dios es un acto de Dios (Ro 8:33) por medio del cual Él declara justos a aquellos que, a través de la fe en Cristo, se arrepienten de sus pecados (Lc 13:3; Hch 2:38; 3:19; 11:18; Ro 2:4; 2 Co 7:10; Is 55:6–7) y lo confiesan como Señor soberano (Ro 10:9–10; 1 Co 12:3; 2 Co 4:5; Flp 2:11). Esta justicia es independiente de cualquier virtud u obra del hombre (Ro 3:20; 4:6) e involucra la imputación de nuestros pecados a Cristo (Col 2:14; 1 P 2:24) y la imputación de la justicia de Cristo a nosotros (1 Co 1:30; 2 Co 5:21). Por medio de esto Dios puede ser «el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús» (Ro 3:26).
La santificación
Enseñamos que todo creyente es santificado (apartado) para Dios por la justificación y, por lo tanto, declarado santo e identificado como un santo. Esta santificación es posicional e instantánea y no debe ser confundida con la santificación progresiva. Esta santificación tiene que ver con la posición del creyente, no con su vida práctica actual o condición (Hch 20:32; 1 Co 1:2, 30; 6:11; 2 Ts 2:13; Heb 2:11; 3:1; 10:10, 14; 13:12; 1 P 1:2).
Enseñamos que por la obra del Espíritu Santo también hay una santificación progresiva mediante la cual el estado del creyente es llevado a un punto más cercano a la posición que este disfruta por medio de la justificación. A través de la obediencia a la Palabra de Dios y la capacidad dada por el Espíritu Santo, el creyente es capaz de vivir una vida de mayor santidad en conformidad a la voluntad de Dios, volviéndose más y más como nuestro Señor Jesucristo (Jn 17:17, 19; Ro 6:1–22; 2 Co 3:18; 1 Ts 4:3–4; 5:23). Con respecto a esto, enseñamos que toda persona salva está involucrada en un conflicto diario —la nueva naturaleza en Cristo batallando en contra de la carne—, pero hay provisión adecuada para la victoria por medio del poder del Espíritu Santo, quien mora en el creyente. No obstante, la batalla permanece en el creyente a lo largo de esta vida terrenal y nunca es terminada en su totalidad.
La seguridad
Enseñamos que todos los redimidos, una vez que han sido salvos, son guardados por el poder de Dios y, de esta manera, están seguros en Cristo para siempre (Jn 5:24; 6:37–40; 10:27–30; Ro 5:9–10; 8:1, 31–39; 1 Co 1:4–8; Ef 4:30; Heb 7:25; 13:5; 1 P 1:5; Jud 24). Enseñamos que el privilegio de los creyentes es regocijarse en la certidumbre de su salvación por medio del testimonio de la Palabra de Dios, el cual, no obstante, prohíbe claramente el uso de la libertad cristiana como una ocasión para vivir en pecado y carnalidad (Ro 6:15–22; 13:13–14; Gál 5:13, 25–26; Tit 2:11–14).
La separación
Enseñamos que hay un llamado a la separación del pecado a lo largo de todo el Antiguo y el Nuevo Testamento, y que las Escrituras indican claramente que en los últimos días la apostasía y la mundanalidad aumentarán (2 Co 6:14–7:1; 2 Tm 3:1–5). Enseñamos que a partir de una profunda gratitude por la gracia inmerecida de Dios que nos ha sido otorgada y debido a que nuestro Dios glorioso es tan digno de nuestra consagración total, todos los salvos deben vivir de tal manera que demostremos nuestro amor reverente a Dios y, de esta manera, no traer deshonra a nuestro Señor y Salvador.
También enseñamos que Dios nos manda a que nos separemos de toda apostasía religiosa y prácticas mundanas y pecaminosas (Ro 12:1–2; 1 Co 5:9–13; 2 Co 6:14–7:1; 1 Jn 2:15–17; 2 Jn 9–11). Enseñamos que los creyentes deben estar separados para nuestro Señor Jesucristo (2 Ts 1:11–12; Heb 12:1–2) y afirmar que la vida cristiana es una vida de justicia obediente que refleja la enseñanza de las bienaventuranzas (Mt 5:2–12) y una búsqueda continua de santidad (Ro 12:1–2; 2 Co 7:1: Heb 12:14; Tit 2:11–14; 1 Jn 3:1–10).
La Iglesia
Enseñamos que todos los que confían en Jesucristo son inmediatamente colocados por el Espíritu Santo en un Cuerpo espiritual unido, la iglesia (1 Co 12:12–13), la novia de Cristo (2 Co 11:2; Ef 5:23–32; Ap 19:7–8), de la cual Cristo es la cabeza (Ef 1:22; 4:15; Col 1:18). Enseñamos que la formación de la iglesia, el cuerpo de Cristo, comenzó en el día de Pentecostés (Hch 2:1–21, 38–47) y será completada cuando Cristo venga por los suyos en el rapto (1 Co 15:51–52; 1 Ts 4:13–18). Enseñamos que la iglesia es un organismo espiritual único diseñado por Cristo, constituido por todos los creyentes que han nacido de nuevo en la época actual (Ef 2:11–3:6). La iglesia es distinta a Israel (1 Co 10:32), un misterio no revelado sino hasta esta época (Ef 3:1–6; 5:32). Enseñamos que el establecimiento y continuidad de iglesias locales es enseñado y definido claramente en las Escrituras del Nuevo Testamento (Hch 14:23, 27; 20:17, 28; Gál 1:2; Flp 1:1; 1 Ts 1:1; 2 Ts 1:1) y que los miembros del único cuerpo espiritual son dirigidos para asociarse juntos en asambleas locales (1 Co 11:18–20; Heb 10:25).
Enseñamos que la autoridad suprema de la iglesia es Cristo (1 Co 11:3; Ef 1:22; Col 1:18) y que el liderazgo, dones, orden, disciplina y adoración son determinados por medio de Su soberanía como se encuentra en las Escrituras. Las personas bíblicamente designadas sirviendo bajo Cristo y sobre la asamblea son los ancianos (también llamados obispos, pastores y pastores-maestros; Hch 20:28; Ef 4:11) y diáconos. Tanto ancianos como diáconos deben cumplir con los requisitos bíblicos (1 Tm 3:1–13; Tit 1:5–9; 1 P 5:1–5). Enseñamos que estos líderes guían o gobiernan como siervos de Cristo (1 Tm 5:17–22) y tienen Su autoridad al dirigir la iglesia. La congregación debe someterse a su liderazgo (Heb 13:7, 17).
Enseñamos la importancia del discipulado (Mt 28:19–20; 2 Tm 2:2), la responsabilidad mutua de todos los creyentes los unos a los otros (Mt 18:5–14), como también la necesidad de la disciplina de miembros de la congregación que están en pecado de acuerdo con los estándares de la Escritura (Mt 18:15–22; Hch 5:11; 1 Co 5:1–13; 2 Ts 3:6–15; 1 Tm 1:19–20; Tit 1:10–16). Enseñamos la autonomía de la iglesia local, la cual es libre de cualquier autoridad externa o control, con el derecho de gobernarse a sí misma y con libertad de interferencias de cualquier jerarquía de individuos u organizaciones (Tit 1:5). Enseñamos que es escritural que las iglesias verdaderas cooperen entre ellas para la presentación y propagación de la fe. No obstante, cada iglesia local, a través de sus ancianos y su interpretación y aplicación de la Escritura, debe ser el único juez de la medida y método de su cooperación. Los ancianos deben determinar todos los demás asuntos de membresía, políticas, disciplina, benevolencia, como también gobierno (Hch 15:19–31; 20:28; 1 Co 5:4–7; 13:1; 1 P 5:1–4).
Los ángeles
Los ángeles santos
Enseñamos que los ángeles son seres creados y, por lo tanto, no deben ser adorados. Aunque son un orden más alto de creación que el hombre, han sido creados para servir a Dios y para adorarlo (Lc 2:9–14; Heb 1:6–7, 14; 2:6–7; Ap 5:11–14; 19:10; 22:9).
Los ángeles caídos
Enseñamos que Satanás es un ángel creado y el autor del pecado. Él incurrió en el juicio de Dios al rebelarse en contra de su Creador (Is 14:12–17; Ez 28:11–19), al llevar a varios ángeles con él en su caída (Mt 25:41; Ap 12:1–14), y al introducir el pecado a la raza humana por su tentación de Eva (Gn 3:1–15). Enseñamos que Satanás es el enemigo abierto y declarado de Dios y del hombre (Is 14:13–14; Mt 4:1–11; Ap 12:9–10), el príncipe de este mundo, quien ha sido derrotado a través de la muerte y resurrección de Jesucristo (Ro 16:20); y que será eternamente castigado en el lago de fuego (Is 14:12–17; Ez 28:11–19; Mt 25:41; Ap 20:10).
Escatología
Muerte
Enseñamos que la muerte física no involucra la pérdida de nuestra consciencia inmaterial (Ap 6:9–11), que el alma de los redimidos pasa inmediatamente a la presencia de Cristo (Lc 23:43; Flp 1:23; 2 Co 5:8), que hay una separación entre el alma y el cuerpo (Flp 1:21–24), y que, para los redimidos, tal separación continuará hasta el rapto (1 Ts 4:13–17), el cual inicia la primera resurrección (Ap 20:4–6), cuando nuestra alma y cuerpo se volverán a unir y serán glorificados para siempre con nuestro Señor (Flp 3:21; 1 Co 15:35–44, 50–54). Hasta ese momento, las almas de los redimidos en Cristo permanecerán en comunión gozosa con nuestro Señor Jesucristo (2 Co 5:8).
Enseñamos la resurrección corporal de todos los hombres: los salvos a vida eterna (Jn 6:39; Ro 8:10–11, 19–23; 2 Co 4:14), y los inconversos a juicio y castigo eterno (Dn 12:2; Jn 5:29; Ap 20:13–15). Enseñamos que las almas de los que no son salvos en la muerte son guardadas bajo castigo hasta la segunda resurrección (Lc 16:19–26; Ap 20:13–15), cuando el alma y el cuerpo de resurrección serán unidos (Jn 5:28–29). Entonces ellos aparecerán en el juicio del Gran Trono Blanco (Ap 20:11–15) y serán arrojados al infierno, el lago de fuego (Mt 25:41–46), separados de la vida de Dios para siempre (Dn 12:2; Mt 25:41–46; 2 Ts 1:7–9).
El rapto de la iglesia
Enseñamos el regreso personal, corporal de nuestro Señor Jesucristo antes de la tribulación de siete años (1 Ts 4:16; Tit 2:13) para sacar a Su iglesia de esta tierra (Jn 14:1–3; 1 Co 15:51–53; 1 Ts 4:15–5:11) y, entre este acontecimiento y Su regreso glorioso con Sus santos, para recompensar a los creyentes de acuerdo con sus obras (1 Co 3:11–15; 2 Co 5:10).
El período de la tribulación
Enseñamos que inmediatamente después de sacar a la iglesia de la tierra (Jn 14:1–3; 1 Ts 4:13–18) los justos juicios de Dios serán derramados sobre un mundo incrédulo (Jer 30:7; Dn 9:27; 12:1; 2 Ts 2:7–12; Ap 16), y que estos juicios llegarán a su punto culminante para el tiempo del regreso de Cristo en gloria a la tierra (Mt 24:27–31; 25:31–46; 2 Ts 2:7–12). En ese momento los santos del Antiguo Testamento y de la tribulación serán resucitados y los vivos serán juzgados (Dn 12:2–3; Ap 20:4–6). Este período incluye la septuagésima semana de la profecía de Daniel (Dn 9:24–27; Mt 24:15–31; 25:31–46).
La segunda venida y el reino milenario
Enseñamos que después del período de tribulación, Cristo vendrá a la tierra a ocupar el trono de David (Mt 25:31; Lc 1:31–33; Hch 1:10–11; 2:29–30) y establecerá Su reino mesiánico por mil años sobre la tierra (Ap 20:1–7). Durante este tiempo los santos resucitados reinarán con Él sobre Israel y todas las naciones de la tierra (Ez 37:21–28; Dn 7:17–22; Ap 19:11–16). Este reinado será precedido por el derrocamiento del Anticristo y del Falso Profeta, y por la deposición de Satanás del mundo (Dn 7:17–27; Ap 19:20; 20:1–7).
Enseñamos que el reino mismo va a ser el cumplimiento de la promesa de Dios a Israel (Is 65:17–25; Ez 37:21–28; Zac 8:1–17) de restaurarlos a la tierra que ellos perdieron por su desobediencia (Dt 28:15–68). El resultado de su desobediencia fue que Israel fue temporalmente hecho a un lado (Mt 21:43; Ro 11:1–26), pero volverá a ser despertado a través del arrepentimiento para entrar en la tierra de bendición (Jer 31:31–34; Ez 36:22–32; Ro 11:25–29). Enseñamos que este tiempo del reinado de nuestro Señor será caracterizado por armonía, justicia, paz, rectitud y larga vida (Is 11; 65:17–25; Ez 36:33–38), y será llevado a un fin con la libertad de Satanás (Ap 20:7).
El juicio de los perdidos
Enseñamos que luego que Satanás sea soltado, después del reinado de Cristo por mil años (Ap 20:7), Satanás engañará a las naciones de la tierra y las reunirá para combatir a los santos y a la ciudad amada, y en ese momento Satanás y su armada serán devorados por fuego del cielo (Ap 20:9). Después de esto, Satanás será arrojado al lago de fuego y azufre (Mt 25:41; Ap 20:10) y entonces Cristo, quien es el Juez de todos los hombres (Jn 5:22), resucitará y juzgará a los grandes y pequeños en el Juicio del Gran Trono Blanco. Enseñamos que esta resurrección a juicio de los muertos no salvos será una resurrección física, y que después de recibir su juicio (Jn 5:28–29), serán entregados a un castigo eterno consciente en el lago de fuego (Mt 25:41; Ap 20:11–15).
La eternidad
Enseñamos que después de la conclusión del milenio, la libertad temporal de Satanás, y el juicio de los incrédulos (2 Ts 1:9; Ap 20:7–15), los salvos entrarán al estado eterno de gloria con Dios, después del cual los elementos de esta tierra se disolverán (2 P 3:10) y serán reemplazados con una tierra nueva en donde sólo mora la justicia (Ef 5:5; Ap 20:15; 21–22). Después de esto, la ciudad celestial descenderá del cielo (Ap 21:2) y será el lugar en el que moren los santos, en donde disfrutarán de la comunión con Dios y de la comunión mutua para siempre (Jn 17:3; Ap 21–22). Nuestro Señor Jesucristo, habiendo cumplido Su misión redentora, entonces entregará el reino a Dios el Padre (1 Co 15:24–28) para que en todas las esferas el Dios trino reine para siempre (1 Co 15:28).